El Partido Popular retiene el poder en Andalucía, avanza Vox y el PSOE se hunde en un bastión histórico
MADRID.– Andalucía, la comunidad autónoma más poblada de España, ratificó una tendencia que marca este año la política española. El Partido Popular (PP), que aspira a reemplazar al presidente Pedro Sánchez a partir del año próximo, depende cada vez más de Vox para gobernar.
Juan Manuel Moreno (PP), presidente de Andalucía, obtuvo este domingo su segunda reelección, pero perdió la mayoría absoluta. Es decir, como ya sucedió en otros tres comicios autonómicos este año, el partido opositor necesitará a la ultraderecha para formar gobierno.
La tendencia incluye, además, el desplome electoral del Partido Socialista (PSOE), que marcó su peor resultado en este territorio, que supo hacer suyo durante cuatro décadas.
Moreno ganó las elecciones con diferencia: alcanzó el 41% de los votos, pero obtuvo 53 bancas, dos menos de las que necesitaba para gobernar en solitario, como lo hizo durante los últimos cuatro años. El PP festejó una nueva victoria en la mayor cita electoral autonómica, pero puertas adentro había ceños fruncidos ante una performance electoral que estaba por debajo de lo que anticiparon la mayoría de las encuestas, que especularon hasta última hora con una victoria aplastante.
La preocupación dentro del principal partido de oposición se alimenta, además, por el nuevo crecimiento de Vox en las urnas. El PP diseñó este calendario para desgastar al gobierno socialista, pero no contemplaban que el crecimiento de Vox podría también poner en duda su liderazgo opositor. La fuerza, liderada a nivel nacional por Santiago Abascal, sumó el 13% y se quedó con dos bancas más que en 2022, lo que pone en jaque definitivamente la formación de gobierno en solitario por parte del PP. Los partidos registraron en los últimos años un largo historial de ásperas negociaciones que todavía siguen abiertas en otras comunidades que formaron parte de este turno electoral.
El caso más complejo este año fue Extremadura: las conversaciones se prolongaron durante casi cuatro meses tras las elecciones, con dos intentos fallidos de investidura y un riesgo real de repetir los comicios. Finalmente, luego de una intervención de las mesas nacionales de los partidos, se llegó a un acuerdo, aunque con polémica. El PP tuvo que aceptar el principio de “prioridad nacional” para el acceso a recursos públicos impuesto por Vox y el compromiso de no habilitar nuevos centros para menores migrantes, dos exigencias históricamente resistidas.
Extremadura marcó el modelo para lo que vino después. En Aragón, el acuerdo se cerró en cuestión de días. Pero en Castilla y León, en cambio, las negociaciones siguen abiertas. Vox parece haber aprendido de lo que ocurrió en 2024, cuando aceptó las condiciones del PP para ingresar al gobierno, pero luego renunció y, de esta manera, se quedó sin capacidad de presión.
El PSOE, que gobernó Andalucía durante cuatro décadas consecutivas —desde la transición democrática hasta 2018—, registró esta noche su peor resultado en la región y consolidó una tendencia de declive que se repitió en cada cita electoral de este año.
Sánchez volvió a postular a una de sus espadas, pero la apuesta, otra vez, le salió mal. Su vicepresidenta y ministra de Hacienda, María Jesús Montero, renunció a sus cargos en el Ejecutivo para hacerse cargo de la campaña andaluza, pero el resultado volvió a dejar expuesto al líder socialista.
Montero obtuvo el 22% y se quedó con el segundo lugar, aunque el socialismo terminó, otra vez, muy lejos de presentarse como una alternativa competitiva en las urnas. La diferencia con el PP será abismal en el nuevo parlamento autonómico.
Andalucía, además, tiene un peso simbólico adicional. Es la comunidad con mayor padrón electoral de España —más de seis millones de votantes— y fue durante décadas el corazón del poder socialista en el país. Perderla en 2018, cuando el PP llegó al gobierno regional por primera vez en su historia con el apoyo de Vox, marcó el inicio de una larga travesía para el PSOE en el sur. El resultado de esta noche profundiza esa herida.
Para Pedro Sánchez, el balance del año electoral no puede ser más sombrío. El presidente perdió los cuatro comicios autonómicos de 2026 —Extremadura, Aragón, Castilla y León y ahora Andalucía— sin poder anotar una sola victoria que le permitiera argumentar que la tendencia había cambiado.
El desgaste acumulado tiene nombres y apellidos. Las investigaciones judiciales que rodean al gobierno —el proceso contra el exministro de Transportes José Luis Ábalos y los casos que apuntan a la esposa del presidente, Begoña Gómez— siguieron pesando en las urnas. La estrategia de Sánchez de presentar cada elección regional como un pulso entre la democracia y la extrema derecha no cautivó al electorado, que castigó al PSOE con consistencia.
Los números finales dejaron algunos guiños para los socialistas más optimistas. El nivel de participación electoral creció en Andalucía (en España el voto no es obligatorio), lo que ilusiona dentro del PSOE con un nuevo involucramiento de su militancia que le permita sumar más votos de cara a las presidenciales en un escenario de polarización con la ultraderecha.
Otro dato que apuntaron en el comando socialista es el crecimiento de la izquierda. Las fuerzas autonómicas más combativas, como Adelante Andalucía, sumaron más bancas de lo previsto en las encuestas. Cerca de Sánchez confían que, en un escenario de polarización nacional, el crecimiento de la izquierda es un buen indicio de votos que creen que pueden conquistar más fácilmente.
Aunque en estos momentos, el gobierno español espera que, de aquí a un año, cuando se estiman las elecciones nacionales, Sánchez pueda darle la vuelta a una tendencia que, por ahora, parece irreversible.


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