Quien pasó por la gestión pública conoce la tentación de confundir estabilización con crecimiento. Son etapas diferentes, requieren instrumentos distintos y descansan sobre condiciones diversas. La Argentina lo comprobó varias veces y quienes tuvimos responsabilidades de gobierno también.
Durante los últimos dos años la política económica estuvo concentrada en un problema de flujos: déficit fiscal, emisión, inflación, reservas. Todo aquello que se renovaba mes a mes y volvía imposible cualquier horizonte de previsibilidad. Esa etapa está encaminada ya que la inflación desciende, el equilibrio fiscal ganó credibilidad y el riesgo país volvió a niveles que reabren el acceso al financiamiento.
Por eso la discusión cambió: la pregunta ya no es cómo estabilizar, sino cómo crecer.
La Argentina llega a ese interrogante con una ventaja: tiene el ahorro. Al 31 de marzo de este año, los residentes argentinos tenían activos financieros externos por US$499.098 millones, según el Indec. Solo en moneda y depósitos fuera del sistema financiero local —billetes, cajas de seguridad, cuentas en el exterior— hay más de 250.000 millones. Es casi cinco veces las reservas brutas del Banco Central.
Eso no es un déficit. Es una reserva de capital disponible, probablemente el activo ocioso más grande del país. El desafío no es generar ahorro, es construir el puente que lo conecte con la inversión productiva. Y ese puente es, esencialmente, una cuestión de plazo.
Lo aprendimos por la vía difícil: entre 2018 y 2019, la economía intentó ordenar sus cuentas sin contar con un mercado doméstico de ahorro de largo plazo capaz de acompañar el proceso. Cuando el financiamiento externo se interrumpió, no había un piso local que amortiguara ese vacío. La enseñanza no es que la corrección fiscal estuviera equivocada, es que sin ahorro cualquier programa de estabilización queda expuesto al humor de terceros.
En nuestro país, el crédito al sector privado equivale hoy a 12,7% del PBI sumando pesos y dólares, frente a más de 100% en Chile, 75% en Brasil y cerca de 60% en Paraguay y Bolivia. La recuperación desde el piso de 4,8% de comienzos de 2024 fue rápida, pero conviene no confundirla con un cambio estructural: medido contra el producto, el crédito no es hoy sustancialmente mayor al que la Argentina exhibía a comienzos de los años noventa.
Lo que sí cambió en estas tres décadas es la bancarización. Sigue habiendo informalidad, pero hoy más argentinos se incorporaron al sistema de pagos, y las billeteras virtuales aceleraron ese proceso de manera notable. Es dinero transaccional, pero las billeteras colocan una porción en fondos comunes y eso agregó profundidad real al mercado. Esa profundidad se da en el tramo corto, que es exactamente donde el problema no estaba.
Ahí está la restricción y tiene la virtud de ser precisa. Ningún sistema financiero puede prestar a diez años cuando se fondea a treinta días. Por eso, el verdadero indicador de madurez de una economía no es el riesgo país: es el plazo al que está dispuesta a financiarse a sí misma.
Ese plazo lo producen los inversores institucionales, porque son los únicos que tienen pasivos largos y por lo tanto pueden sostener activos largos. Los verdaderos jugadores de largo plazo son los fondos de pensión. Chile tiene crédito por más del 100% del PBI porque sus administradoras manejan cerca del 70% de su producto en ahorro previsional, no porque los chilenos sean ahorristas más virtuosos. La nacionalización de las AFJP fue, en ese sentido, un error costoso, y ninguna administración posterior —incluida aquella de la que formé parte— logró reponer ese pilar.
Al sector asegurador se le suele atribuir un rol que no tiene. Sus dos líneas principales, patrimonial y riesgos del trabajo, son de corto plazo. Vida y retiro son largas, pero pesan poco en la torta. Buena parte de las compañías opera con saldo técnico negativo, compite por precio y sostiene sus balances con el resultado financiero, que es justamente donde las regulaciones sobre destino de las inversiones limitan su operatoria. Liberar ese régimen es correcto y necesario, pero corrige una distorsión y no produce, por sí solo, demanda de papel largo a escala.
En cambio, hay dos desarrollos que sí apuntan al corazón del problema. El primero es fiscal y se subestima. En la medida en que el Tesoro sostenga superávit financiero, necesita menos crédito y libera capacidad de préstamo para el sector privado. Hace falta crédito corto y crédito largo, y hace falta que el Tesoro no lo absorba.
El segundo es el Fondo de Asistencia Laboral (FAL) que debuta en noviembre y que se está leyendo casi exclusivamente en clave laboral. Su efecto financiero puede ser mayor ya que los aportes serán administrados por fondos comunes y fideicomisos privados dentro de un marco prudencial y serán esos administradores los que decidan la cartera: bonos, fideicomisos, instrumentos inmobiliarios. Es, en los hechos, un vehículo de ahorro obligatorio con gestión privada y horizonte más largo que el de un depósito a treinta días. No reemplaza al pilar previsional, pero apunta en la dirección correcta y sin repetir el error fiscal original.
Queda una objeción razonable: no hay crédito sin moneda, y no hay moneda sin inflación baja. Es cierto, pero no es un círculo cerrado, pero tiene un punto de entrada, y es el que la economía argentina está transitando ahora. La moneda se recupera primero; el plazo viene después y se construye con reglas estables, tratamiento tributario previsible del ahorro y una curva soberana en pesos que sirva de referencia.
Las economías desarrolladas no crecen porque tengan más crédito. Tienen más crédito porque antes construyeron los mercados capaces de generar ahorro de largo plazo. En nuestro país, la primera generación de reformas permitió estabilizar y la segunda debería construir el mercado capaz de financiar el crecimiento.
Quizá la transformación más importante que tiene por delante la Argentina no sea bajar algunos puntos más la inflación. Sea volver a construir el tiempo. El tiempo que necesita una empresa para invertir, que requiere una familia para acceder a una hipoteca y que precisa un país para financiar su propio desarrollo. El ahorro ya existe. Lo que falta construir es el plazo.


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