NUEVA YORK.- Si uno buscara dos imágenes que resuman hacia dónde ha llevado la estrategia geopolítica de Israel bajo el primer ministro Benjamin Netanyahu, difícilmente encontraría mejores ejemplos que un par de escenas publicadas el fin de semana en la prensa israelí.
La primera es una fotografía de un soldado israelí usando una maza para destrozar una estatua de Jesús en Debel, una aldea cristiana maronita en el sur del Líbano, a pocos kilómetros de la frontera israelí.
La imagen, escribió el periodista diplomático de The Times of Israel, Lazar Berman, “capturaba tan perfectamente algunos de los peores estereotipos sobre Israel y los judíos que muchos asumieron instintivamente que era un producto generado por inteligencia artificial para difamar al Estado judío. Amigos de Israel que pensaron que la foto podía ser real rezaron para que no lo fuera, por lo dañina que resultaba. Sus oraciones no fueron escuchadas. Un soldado de las Fuerzas de Defensa de Israel había efectivamente descargado un martillo contra el rostro de una estatua que representaba a Jesús”. Y añadió: “No había inteligencia artificial, no había manipulación, no había forma de eludir una imagen que apunta a un profundo pantano moral” en el ejército y en la sociedad israelí.
La segunda es una fotografía publicada por Haaretz que muestra a un grupo de ministros israelíes de derecha, sonrientes, inaugurando un asentamiento restablecido, Sa-Nur, en el norte de Cisjordania. Se trata de uno de cuatro asentamientos aislados instalados en una zona que está bajo autoridad civil y de seguridad palestina. La lógica detrás de estos asentamientos es hacer imposible la creación de un Estado palestino contiguo. Como señaló Haaretz, el ministro de Defensa de Netanyahu, Israel Katz, se jactó en la ceremonia de la próxima legalización de unos 140 puestos agrícolas en Cisjordania para frustrar cualquier “intento palestino de establecer una presencia en la zona”.
Otro día más en el que el gobierno de Netanyahu deja en evidencia al presidente Donald Trump. El mismo Trump que en septiembre de 2025 había declarado: “No permitiré que Israel anexe Cisjordania”.
¿Por qué estas dos imágenes son tan reveladoras? Porque representan de manera casi perfecta la estrategia actual de Netanyahu, si es que puede llamarse estrategia: enfrentar cada amenaza aplastándola con una maza, sin importar cuántos enemigos adicionales genere, y sin ofrecer ideas creativas para traducir los logros militares en beneficios estratégicos duraderos —ni en la Franja de Gaza, ni en Líbano, ni en Siria, ni en Cisjordania, ni en relación con Arabia Saudita o Irán.
Esto ocurre porque, para consolidar cualquier ganancia estratégica, Israel necesitaría al menos intentar avanzar hacia una solución de dos Estados con la Autoridad Palestina. Eso es lo que permitiría aislar de manera sostenible a Irán en la región. Eso facilitaría la normalización de relaciones entre Israel y Arabia Saudita, incluyendo comercio y turismo. Eso haría mucho más viable —y menos riesgoso— que los gobiernos de Líbano y Siria puedan avanzar hacia una paz formal con el Estado judío. Y eso es precisamente lo que Netanyahu se niega siquiera a intentar y, de hecho, trabaja activamente para obstaculizar.
¿Sería fácil? Por supuesto que no. ¿Tiene el liderazgo palestino problemas graves, como corrupción, envejecimiento y falta de legitimidad, y responsabilidades propias en su situación? Sin duda. Pero también es cierto que Netanyahu ha dedicado buena parte de su carrera política a impedir la emergencia de un liderazgo palestino más creíble.
Israel tiene, además, un interés fundamental en separarse de los palestinos por todos los medios posibles, para no terminar convertido en un Estado con características de apartheid bajo control judío. Al mismo tiempo, Irán y sus aliados representan una amenaza real y letal que no puede ser ignorada. Pero sin un interlocutor palestino, hacia el exterior la estrategia de Netanyahu se percibe como un intento de dejar el camino libre para una limpieza étnica en Cisjordania, lo que está erosionando el apoyo internacional a Israel.
Cuando figuras centristas y tradicionalmente proisraelíes en Estados Unidos, como Rahm Emanuel, expresan públicamente su oposición a la ayuda militar estadounidense y cuestionan el “estatus especial” de Israel, es señal de que ese respaldo se está debilitando. No es solo la izquierda: cada vez más estadounidenses, de distintos sectores, ven al Israel de Netanyahu como un actor caprichoso y están perdiendo la paciencia.
El gobierno y el ejército israelí condenaron al soldado que destruyó la estatua de Jesús en el sur del Líbano y sancionaron a los responsables. También repusieron rápidamente la estatua, conscientes del daño reputacional. Pero la pregunta es de dónde surgió la idea de que una acción así podía ser aceptable. La respuesta, según esta visión, está en el clima político y discursivo promovido por el propio gobierno, el ejército y ciertos entornos digitales afines.
Durante años, colonos israelíes de derecha han atacado propiedades palestinas en Cisjordania —autos, viviendas, cultivos— en nombre del sionismo religioso, con escasa intervención de las fuerzas de seguridad. En ese contexto, acciones como la destrucción de una estatua religiosa en el Líbano dejan de parecer excepcionales.
A esto se suma el respaldo explícito de figuras cercanas a Trump, como Mike Huckabee, a la anexión de Cisjordania, lo que alimenta aún más esa dinámica. Para muchos israelíes, este rumbo es moralmente cuestionable y estratégicamente erróneo, pero sienten que están atrapados en un sistema político sin alternativas claras.
¿Qué implicaría un replanteo estratégico, especialmente en relación con Líbano? Israel ha llevado a cabo al menos siete operaciones militares de gran escala en el sur libanés desde 1979, contra la OLP primero y luego contra Hezbollah. Ningún gobierno israelí puede aceptar que Hezbollah, respaldado por Irán, haga inhabitable el norte del país con ataques con cohetes. Pero repetir la misma estrategia una y otra vez sin resultados duraderos plantea interrogantes.
Israel insiste en que el ejército libanés debe desarmar a Hezbollah. Sin embargo, dado el equilibrio interno del país —con fuerzas armadas compuestas por cristianos, drusos, sunnitas y chiitas—, un enfrentamiento directo podría desencadenar una nueva guerra civil.
La alternativa planteada por Netanyahu ha sido desplazar a decenas de miles de libaneses del sur o de zonas chiitas de Beirut.
Frente a esto, se propone una tercera vía: que Israel se retire completamente del sur del Líbano y que tropas de la OTAN, fuertemente armadas, asuman el control de la zona en coordinación con el ejército libanés.
Israel podría confiar en la OTAN. Hezbollah e Irán difícilmente se atreverían a enfrentarse a esas fuerzas; y si lo hicieran, serían derrotados. Además, con Israel fuera del territorio, Hezbollah perdería parte de su justificación para atacar, lo que podría contar con el respaldo de amplios sectores de la población libanesa.
No sería una solución perfecta, pero podría ser preferible a una repetición de invasiones o a un nuevo conflicto interno en Líbano. El país cuenta hoy con un presidente, Joseph Aoun, y un primer ministro, Nawaf Salam, considerados más abiertos y con vocación de diálogo que en etapas anteriores.
La idea, en definitiva, es avanzar hacia una fórmula que garantice la seguridad tanto de Israel como del Líbano y deje expuesto el papel de Hezbollah como aliado de Irán en la región.


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