El papamóvil-clínica que quiso Francisco para los niños de Gaza sigue bloqueado en Belén


BELEN.- Queda a tan sólo diez kilómetros de Jerusalén, pero se tarda casi una hora para ir a Belén, la ciudad donde nació Jesús, que se encuentra en Cisjordania, bajo la Autoridad Nacional Palestina. Rodeada por el llamado “muro de defensa” construido por Israel en 2002 y con sus accesos bajo control israelí, hay que sortear varios check-points y descubrir -a través de una app- cuál ingreso se encuentra abierto.

A un año de la muerte del papa Francisco aquí, a 200 metros de la Basílica de la Natividad, sigue bloqueado el papamóvil que, en uno de sus últimos deseos, Jorge Bergoglio quiso que se transformara en una clínica pediátrica móvil para los niños de Gaza. Aunque el vehículo ya ha sido acondicionado con todo lo necesario, todavía no ha obtenido la autorización para ingresar a Gaza de parte de las autoridades israelíes, informó la organización Vehicle of Hope, vinculada a Cáritas Suecia, que se hizo cargo de la realización de este último anhelo del papa argentino.

El Papa movil que se transformó en una clínica pediátrica

Como es sabido, pese a la enfermedad, Francisco siguió llamando religiosamente hasta sus últimos días, a las 19 en punto, a la Iglesia de la Sagrada Familia, la única católica del enclave. “Esperemos que pueda entrar ese papamóvil, es un signo, una herencia suya y creo que ayudaría a la causa de la justa paz entre Palestina e Israel y daría una ayuda de caridad concreta, absolutamente necesaria, simple, para los niños”, dijo a LA NACION su párroco, el sacerdote argentino Gabriel Romanelli.

“Aunque las cosas en Gaza están ‘mejor’ desde el alto el fuego de octubre pasado, la situación humanitaria es dramática, está muy mal, hace falta de todo porque la destrucción ha sido inmensa y la necesidad de Gaza es acuciante. Hay miles de niños que necesitan cuidados, sobre todo porque la gran mayoría vive en carpas y tienen enfermedades de todo tipo, infecciones por falta de higiene, de agua potable y de buena alimentación y aunque el papamóvil-clínica claramente sería una gota en el mar, sería una gran ayuda y una señal”, sumó, en diálogo telefónico.

Basílica de la Natividad, en Belén (Elisabetta Piqué)

El papamóvil -que podría atender a 200 chicos por día- se encuentra debajo de una vitrina al lado de una cafetería sin clientes con una terraza con vista a las colinas de olivares y piedra que rodean Belén, marcadas por la construcción de asentamientos ilegales israelíes.

El sol pega fuerte y sobre una pared varios paneles recuerdan, con fotos, una jornada histórica para Belén. Cuando, el 24 de mayo de 2014 Francisco se subió a este vehículo “que no es antibalas, está abierto y fue remodelado por manos palestinas, para ser parecido al automóvil oficial del Papa, pedido por el presidente Mahmoud Abbas”, según puede leerse. De camino a la Plaza del Pesebre para celebrar una misa, inesperadamente, por voluntad del papa argentino, este papamóvil se detuvo en el muro que separa Jerusalén de Belén y, Francisco, en una imagen que dio la vuelta al mundo, tras apoyar su mano sobre la barrera de cemento, llamó a “poner fin a estas condiciones que se han vuelto inaceptables” y a la solución de los dos Estados.

El papamóvil, en Belén (Elisabetta Piqué)

Doce años después, y a un año de la muerte del Papa argentino, en Belén nadie ya tiene esperanza de un acuerdo de ese tipo, ni de ningún otro. En esta ciudad de 70.000 almas (donde los cristianos se fueron reduciendo hasta ser hoy apenas el 20%), que vivía principalmente del turismo religioso, reina la desolación. La mayoría de los hoteles, que se habían ilusionado en una etapa mejor, distinta, ya que la Navidad pasada volvió a celebrarse después de dos años, debido a la guerra en Gaza, están cerrados.

“Después de la Navidad pasada, algunos pensaron en un nuevo comienzo, llegaron algunos turistas, ya había algunas reservas para Pascuas, pero con la nueva guerra contra Irán (comenzada el 28 de febrero y ahora en pausa), todo volvió para atrás”, afirma a LA NACION Anton Asfar, titular de Cáritas local.

La Gruta de la Natividad (Elisabetta Piqué)

“Los restaurantes, los hoteles, las casas para peregrinos están totalmente cerrados, colapsó la industria y la situación de la gente es catastrófica porque nadie está trabajando, se perdieron los ingresos y las familias están sobreviviendo como pueden, ni les alcanza para el pan”, agrega.

El desastre en realidad comenzó con la pandemia del Covid, pero después siguió y aumentó con la guerra en Gaza posterior al 7 de octubre -que duró dos años y significó el virtual cierre de los territorios palestinos, marcados por la violencia de los colonos y la construcción de más asentamientos ilegales- y ahora con el conflicto con Irán.

(De izquierda a derecha) Anton Asfar, titular de Cáritas, Stephanie Saldaña y su marido, el sacerdote sirio católico francés, Frederick Masson (Elisabetta Piqué)

“La pobreza ha crecido muchísimo y algunos ni siquiera logran acceder a los servicios médicos más básicos”, apunta Asfar, al destacar que Cáritas, que cuenta con personal mixto, intenta respaldar a todos, musulmanes y cristianos, “que comparten el mismo sufrimiento”.

Aunque en este momento hay una tregua que pende de un hilo y reina la incertidumbre por lo que vendrá, aquí también, como del otro lado del muro, en Israel, durante 39 días cayeron misiles disparados desde Irán. “Y la gente estuvo asustada porque la diferencia es que no hay sirenas que advierten del peligro, ni refugios”, explicó Asfar. Y la guerra significó un bloqueo aún más intenso, con el cierre de los accesos y la prohibición para muchos de salir a trabajar a Jerusalén y el fin de muchos permisos para ello.

En Belén la mayoría de hoteles y locales se encuentran cerrados
En Belén la mayoría de hoteles y locales se encuentran cerrados

“Lo más difícil, además de la situación económica, es moverse: hay familias que no se ven porque nos las dejan ir de un lugar a otro, se tardan varias horas por ejemplo para ir a Ramallah cuando debería poder irse en 40 minutos por los check-points y la frustración y el nerviosismo son enormes”, dice a LA NACION Stephanie Saldaña, periodista y escritora norteamericana que vive hace más de veinte años en este rincón explosivo del mundo.

“Ahora en Cisjordania hay 1200 puestos de control y antes del 7-10 eran 785”, señala. Junto a su marido, el sacerdote sirio católico francés, Frederick Masson, Saldaña gestiona un hostal para peregrinos con 40 habitaciones que se levanta en un antiguo convento de tradicional piedra rosada, ahora vacío. Y sin reservas de grupos hasta nuevo aviso; las pocas que había para la Pascua pasada, fueron canceladas. “Más allá de que no hay vuelos de compañías internacionales a Israel, la verdad es que sólo puede venir gente preparada psicológicamente, acostumbrada a este tipo de situación… No es fácil”, comenta su marido.

Hasta el famoso Walled Off, el más icónico hotel de Belén y de toda Cisjordania, abierto en 2017 por el artista Bansky justo en frente del también llamado “muro de la vergüenza” y conocido por ofrecer “la peor vista del mundo”, está cerrado. Su terraza luce desolada y no hay nadie sentado en sus mesitas desde las que se observan los graffitis que decoran la espantosa barrera de cemento donde a pocos metros se encuentra el chek-point cerrado, que lleva a Jerusalén. Aunque se ven plantas cuidadas porque, nos explican, 15 del total de 50 empleados que había antes de la crisis, que lograron mantener, se están ocupando de que se preserven las cosas.

El icónico hotel Walled Off que está frente al muro de defensa que rodea Belén, de Banski, cerrado (Elisabetta Piqué)

En este marco, no extraña que siga el éxodo. “Los estudiantes que pueden, se van”, cuenta a LA NACION Shahinda Nassar, manager de la Universidad de Belén, de los hermanos lasallanos, que es considerada una de las mejores de Cisjordania.

“No tengo esperanza de que nada mejore. Toda nuestra vida es anormal, nunca hemos visto ni paz, ni justicia. Mis tres hijos de 19, 17 y 12 años, no saben qué es la libertad y pese a que Jerusalén está a diez kilómetros, sólo la Navidad pasada pudieron salir para ver por primera vez la Iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén porque excepcionalmente las autoridades israelíes concedieron unos permisos… Jerusalén es como un país extranjero”, lamenta Shahinda, economista de 42 años originariamente cristiana ortodoxa, pero ahora católica. Su hermano, casado con una norteamericana, se fue a vivir a Michigan, Estados Unidos. Y ella está pensando seguir sus pasos, aunque teme que si se va, pueda perder la casa que tiene en Belén, que queda muy cerca de la Basílica de la Natividad.

Assam Barakt, dueño de una tienda de souvenirs (Elisabetta Piqué)

Si en tiempos normales allí había que hacer larguísimas filas para ingresar y bajar luego hasta la gruta donde se encuentra el lugar del pesebre donde nació Jesús, uno de los más sagrados para los cristianos, ahora no hay nadie. Y se llega en segundos.

En la cercana Star Street, muchas tiendas de souvenirs están cerradas, salvo la de Assam Barakt, que no puede creer que alguien entre. “Abro el negocio solo porque quedarme en casa me pone nervioso, pero no hay turistas, no hay trabajo”, lamenta este jovial vendedor de 55 años. Tampoco él tiene esperanza: “ninguna solución nos incluye a los palestinos y los israelíes siguen anexando nuestras tierras”, denuncia, resignado. También un hermano de él emigró a Estados Unidos. “Yo no puedo irme porque tengo cinco hijos, pero si estuviera sólo, ya lo habría hecho”, concluye.




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