Una guerra de desgaste en Irán ha drenado tan severamente el poder de fuego norteamericano que analistas chinos cuestionan abiertamente la capacidad de Estados Unidos para defender a Taiwán. Este cambio en el cálculo estratégico amenaza con socavar el margen de negociación del presidente Donald Trump en su cumbre de alto riesgo la próxima semana con el líder chino Xi Jinping.
Desde que la guerra comenzó a finales de febrero, Estados Unidos ha consumido alrededor de la mitad de sus misiles de crucero furtivos de largo alcance y ha disparado aproximadamente diez veces la cantidad de misiles Tomahawk que compra cada año, según estimaciones internas del Departamento de Defensa y funcionarios del Congreso.
Para algunos analistas militares y geopolíticos chinos, la guerra ha hecho más que agotar las reservas de municiones estadounidenses, también ha destruido el aura de dominio de América. Los especialistas argumentan que expuso una falla importante en la estrategia bélica de EE. UU., en torno a su incapacidad para producir armas con la suficiente rapidez como para reponer su arsenal en un conflicto sostenido e intenso.
Este agotamiento “ha disminuido significativamente la capacidad del ejército estadounidense para proyectar su poder de combate, dejando al descubierto las deficiencias de su hegemonía militar global”, apuntó Yue Gang, coronel retirado del Ejército Popular de Liberación, en una entrevista.
Tales argumentos alimentan una narrativa entre comentaristas chinos de línea dura —y potencialmente dentro del gobierno— de que las fuerzas estadounidenses ya no podrían defender eficazmente a Taiwán si Estados Unidos y China llegaran a enfrentarse en un conflicto armado por la isla autogobernada.
La lógica de los nacionalistas chinos es que, dado que Estados Unidos no ha podido lograr una victoria rápida contra Irán, una potencia militar regional, tendría aún menos éxito contra China, a la que consideran un competidor de igual nivel. Desde esta perspectiva, el estancamiento con Teherán debilita la posición de Trump de cara a las conversaciones con Xi la próxima semana.
“Trump originalmente tenía la intención de visitar China con el aire de un vencedor rápido, aprovechando su posición para aumentar la presión sobre China”, explicó Yue. “Sin embargo, con el conflicto estancado y la campaña militar paralizada, ahora se encuentra en una posición difícil”, consideró.
Trump, agregó, “no podrá proyectar la misma arrogancia.”
Se espera que el presidente estadounidense busque acuerdos con Xi para ayudar a reducir el déficit comercial de EE. UU. con China, lo que podría incluir compromisos del gobierno de Pekín para comprar más soja y aviones Boeing estadounidenses. Trump también presionará a Xi sobre las continuas compras chinas de petróleo iraní, según declaró Jamieson Greer, representante comercial de EE. UU., a Bloomberg TV el miércoles.
China, por su parte, quiere estabilizar sus vínculos con la administración Trump y extender la tregua comercial para centrarse en revitalizar su economía y desarrollar sus propias tecnologías.
China quiere que la administración Trump reduzca su apoyo a Taiwán. Xi advirtió a Trump en febrero que China “nunca permitirá que Taiwán se separe de China”, instándole a manejar las ventas de armas estadounidenses a la isla con “prudencia”.
La administración Trump ha postergado desde entonces el anuncio de un paquete de ventas de armas a Taiwán para no irritar a Xi. El máximo diplomático de China, Wang Yi, ha insinuado que Pekín podría estar buscando algún tipo de avance. En una llamada telefónica el mes pasado con el secretario de Estado Marco Rubio, Wang instó a China y Estados Unidos a “abrir nuevos espacios” en el tema de Taiwán, aunque no entró en detalles.
Antes de la cumbre, ambos países han intentado mantener una calma neutral, aunque incómoda. China ha caminado con cautela al hablar de la guerra entre EE. UU. e Israel contra Irán, un conflicto que dice haber rechazado desde el principio. La crítica más cercana de Xi hacia Trump —sin nombrarlo— fue denunciar el desprecio por el derecho internacional como un “retorno a la ley de la jungla.”
El intento de mantener buenas apariencias, por ahora, podría explicar por qué los medios estatales chinos han sido reservados en sus comentarios sobre las vulnerabilidades militares de EE. UU. como consecuencia de la guerra en Irán.
Los informes y comentarios señalan el agotamiento de misiles y el redireccionamiento de recursos estadounidenses, pero en general evitan presentar la guerra como estratégicamente beneficiosa para China, según Manoj Kewalramani, director de estudios del Indo-Pacífico en la Institución Takshashila de Bangalore, India, quien monitorea los medios chinos.
Una excepción notable fue un ensayo en Qiushi, la principal revista teórica del Partido Comunista, que argumentó que “el conflicto ha sobregirado los recursos estratégicos de EE. UU., dejando potencialmente al país en una posición precaria.” Otra fue un editorial del Global Times, un diario nacionalista controlado por el Partido Comunista, que afirmó que si el ejército estadounidense fuera incapaz de desplegar armas en todo el mundo, sería un “gigante con cojera.”
Hu Xijin, el influyente exeditor del Global Times, afirmó que los desafíos en la cadena de suministro de municiones que la guerra ha expuesto le otorgan a China no solo una ventaja material, sino también psicológica en cualquier posible guerra por Taiwán.
“Si vemos la situación como un juego estratégico de confianza entre China y EE. UU. sobre el estrecho de Taiwán —una partida de ajedrez, por así decirlo— Estados Unidos está a punto de perder todas sus piezas”, indicó Hu en una entrevista.
La Casa Blanca y los funcionarios militares estadounidenses rechazan la idea de que las operaciones en Medio Oriente hayan debilitado la postura de Estados Unidos en Asia. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, aseguró que disuadir a China “desde la fortaleza” es una de las cuatro principales prioridades del Departamento de Defensa.
Cuando se le preguntó en una audiencia del Senado el mes pasado si el desvío de recursos hacia Medio Oriente estaba debilitando la preparación militar de EE. UU. en el Pacífico, el almirante Samuel J. Paparo Jr., jefe del Mando Indo-Pacífico, respondió: “No veo ningún costo real que se esté imponiendo a nuestra capacidad para disuadir a China.”
Ciertamente, abundan las dudas sobre la propia preparación militar de China. No solo el Ejército Popular de Liberación no ha sido puesto a prueba en combates importantes durante casi cinco décadas, sino que su alto mando fue sacudido por purgas políticas y una campaña contra la corrupción.
En comparación, el ejército estadounidense demostró su potencia al eliminar a los líderes iraníes, establecer control sobre el espacio aéreo de Irán y enviar Fuerzas Especiales a territorio enemigo para rescatar a un piloto derribado.
“Estados Unidos ha demostrado con gran éxito sus capacidades en tiempo de guerra de una manera que China debería considerar creíble”, dijo Drew Thompson, exfuncionario del Pentágono y actualmente investigador sénior en la Escuela de Estudios Internacionales S. Rajaratnam de Singapur.
Thompson también advirtió contra comparar el conflicto en Irán con una guerra por Taiwán. En la defensa de la isla, Estados Unidos dependería en gran medida de misiles antibuque —utilizados con moderación en Irán— para atacar una flota de invasión china.
Incluso sin llegar a la guerra, China puede señalar las complicaciones que enfrenta la administración Trump y argumentar ante los aliados estadounidenses en Asia que Estados Unidos no es un garante de seguridad confiable.
“Cuando los aliados enfrentan incertidumbres sobre despliegues y retrasos en equipamiento, inevitablemente surgen interrogantes sobre la fiabilidad y consistencia de las garantías de seguridad de EE. UU. en la región”, dijo Wang Dong, director ejecutivo del Instituto para la Cooperación y el Entendimiento Global de la Universidad de Pekín.
Estados Unidos, añadió, “está encontrando los límites de su presencia militar global.”
En última instancia, la guerra en Irán podría envalentonar a China para volverse más asertiva en Asia mediante tácticas de zona gris —movimientos agresivos que no llegan a provocar una guerra abierta—. En los últimos meses, por ejemplo, China ha estado construyendo una isla en aguas en disputa frente a la costa de Vietnam, lo que le ayudará a ganar mayor control sobre el mar del Sur de China.
Es poco probable que China acelere planes para invadir Taiwán, según Brian Hart, investigador del Proyecto de Poder de China en el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales.
Cualquier plan de ese tipo estaría basado principalmente en “factores políticos”, como un movimiento repentino del territorio insular para declarar la independencia formal, señaló.


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