En relaciones internacionales y en la historia de la diplomacia el epicentro geográfico de una cumbre expone el eje de poder real en la política internacional y en la economía mundial.
En febrero de 1945, aún padeciendo su enfermedad de polio Franklin D. Roosevelt viajó a Crimea -con pésimas condiciones sanitarias en el lugar- para entrevistarse con Iósif Stalin en la Conferencia de Yalta. Richard Nixon fue el primer presidente norteamericano en visitar China en 1972, en un viaje orquestado por su secretario de Estado, Henry Kissinger, y lejos de ser una victoria para la Casa Blanca el viaje dejó como saldo que la China de Mao Tsé-tung revirtió dos décadas de aislamiento internacional, tras lo que había sido la ruptura con el bloque socialista.
En una coyuntura enmarcada por la creciente puja hegemónica entre Washington y Pekín, el conflicto de Irán y la tensión geopolítica en Medio Oriente, Donald Trump llegó a China para reunirse con su homólogo, Xi Jinping.
La recepción china claramente fue un despliegue de prestigio y poder en el que no escatimaron gastos ni la presencia de más de 300 jóvenes que conformaban una guardia de honor.
Desde 2017 ningún mandatario norteamericano había visitado China. ¿Por qué ahora? La administración Trump viene perdiendo apoyo fronteras dentro y fuera del país.
Al igual que Inglaterra a finales del siglo XX con los Boer sudafricanos, podríamos estar asistiendo a la decadencia del poder norteamericano en Irán. Pekín y Washington interpretan roles como socios, competidores y enemigos. Socios en la gestión del orden internacional, competidores en el comercio y las finanzas y enemigos en una puja hegemónica.
Las tres banderas rojas: Taiwán, Irán y las disputas comerciales. Todos los comunicados conjuntos entre Washington y Pekín -desde los días de James Carter en la Casa Blanca hasta la actualidad- expresan la aceptación de la Casa Blanca al respecto del principio de “una sola China”. Principio reconocido en el seno mismo de la ONU. No obstante, la política pendular de Estados Unidos en la cuestión de Taiwán despierta recelo y cautela en Pekín.
Mientras Trump elogiaba al líder chino, éste con mesura sostenía “que los choques y eventuales conflictos solo pueden evitarse si hay un correcto manejo de la cuestión de Taiwán”.
Días antes el People`s Daily presentaba como la “primera línea roja” y el “mayor punto de riesgo” entre ambas naciones el tema de Taiwán. Pero hoy para Washington la isla no es solo un tema geopolítico, Taipei es el principal productor mundial de chips y un laboratorio mundial para la expansión de la IA. Trump apuesta a lograr acuerdos que permitan fabricar chips en suelo norteamericano tanto por el impacto económico como por el respaldo político que podría sacar de un acuerdo de este tipo.
Es imposible omitir el dato del deterioro industrial que ha sufrido la costa Oeste de Estados Unidos en los últimos 40 años a la luz del cambio del eje económico hacía el Pacífico. Por otro lado, Estados Unidos acordó durante diciembre pasado una venta de armas a Taiwán que si bien aún no se ha efectivizado perturba y genera tensión con Pekín, quien lo ve claramente como una violación al principio de “una sola China”.
Respecto al conflicto de Irán si bien Estados Unidos alega no necesitar el apoyo de China, es claro que le interesa la influencia que Pekín puede ejercer sobre este país. Irán es el principal proveedor de petróleo de China en Medio Oriente, cerca del 12%, pero para este país representa el 80% del total de petróleo exportado. Al mismo tiempo el 40% del total del petróleo que consume China llega por el Estrecho de Ormuz.
No fue casual la vista del ministro de Relaciones Exteriores de Irán la semana pasada a Pekín. Existe no solo una asociación estratégica sino también un vínculo a través de la iniciativa Franja y Ruta.
Por su parte, China fiel a sus principios de coexistencia pacífica esgrime una política de no injerencia en los asuntos internos y de no agresión. De modo que, se mantiene al margen pero su interés es claro: mantener abierto el estrecho y garantizar el flujo de hidrocarburos. El petróleo es un componente clave de la matriz energética china y no podemos olvidar que el éxito del proceso de modernización económica nutre de legitimidad la conducción del Partido Comunista Chino.
Desde la llegada de Trump a la Casa Blanca la relación comercial con China se tensionó y generó un contexto de guerra comercial que, dado el tamaño de estas dos economías, impacta en el comercio mundial. Aumentos de aranceles, restricciones de exportaciones de minerales y productos agrícolas, entre las medidas más importantes de uno y otro país.
Esta cumbre buscó cimentar una serie de acuerdos comerciales tendientes a incrementar las importaciones chinas de carne de res y soja norteamericanas. En este nivel, la administración Trump también busca reflotar el apoyo político del lobby agrícola norteamericano que viene en caída. Se está proponiendo establecer una “Junta de Comercio” para abordar las diferencias comerciales y reducir tensiones con impacto a escala global en la economía.
La simetría de poder entre ambas potencias se reduce día a día, si bien la superioridad militar norteamericana aún es ubérrima, ya no es tan clara como hace 30 años atrás. La Casa Blanca sabe que necesita de China para gestionar el orden internacional y el hecho de que Trump haya viajado hasta Pekín y bajado el tono de confrontación nos da la pauta del poder real que tiene China. Toda negociación comercial entre ambas potencias queda sujeta al respeto del principio de “una sola China”, y Xi Jinping -en un tono más duro- lo dejó bien en claro.
Hace algunas décadas Robert Keohane argumentaba que la “hegemonía” era solo posible cuando se contaba con 4 condiciones: acceso a recursos naturales, ser una importante fuente de capital, contar con un importante mercado de importaciones y poseer una ventaja comparativa en la producción de bienes con alto contenido tecnológico.
China ya es el principal importador mundial desde 2020, el segundo emisor de inversión extranjera directa (IED), y el primer receptor (en término de flujos anuales). Y, por su parte, la iniciativa de la Franja y la Ruta está garantizando el acceso a los recursos naturales.
La última condición, actualizando el análisis de Keohane, no es solo lograr la ventaja en la producción de bienes de alto valor tecnológico sino en la superioridad respecto a control de la IA. Esto último es lo que determinará el próximo capítulo en la puja hegemónica entre Washington y Pekín.
El autor es director del Centro de Estudios de Asia de la Escuela de Gobierno de la Universidad Austral


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