El presidente Donald Trump enfrenta una caída de su aprobación pública en el país y una guerra confusa que él mismo inició en el exterior. Pero tiene una oportunidad para cambiar ese relato, no en Medio Oriente sino a más de 1600 kilómetros de distancia, en Europa, donde una guerra sangrienta continúa entre Rusia y Ucrania. En los últimos meses, la marea de ese conflicto cambió de una manera que finalmente hace posible la paz.
Ucrania atraviesa ya el quinto año de una guerra contra un adversario con una economía unas 12 veces mayor y una población más de cuatro veces superior. Su mera supervivencia ha sido uno de los grandes logros militares y nacionales de la era moderna. Pero ahora Kiev ya no se limita a sobrevivir. Está cambiando la aritmética de la guerra.
Durante años, la brutal ventaja de Rusia no fue que peleara bien. Fue que podía pelear mal y soportar el costo. Su ejército utilizó conscriptos, convictos, minorías étnicas, hombres pobres de regiones remotas y cualquier otra persona que el Estado pudiera arrojar al fuego. Perdió cantidades estremecedoras de soldados, pero podía reclutar más de los que perdía, muchas veces incorporando a más de 30.000 hombres por mes.
Esa ecuación empezó a romperse. Rusia está sufriendo pérdidas a un ritmo que parece superar su capacidad para reemplazar tropas entrenadas. Sus avances, comprados a un costo enorme, se desaceleraron hasta casi detenerse. Las fuerzas rusas, que alguna vez aspiraron a tomar todo el Donbass, ahora avanzan en metros, no en kilómetros. En mayo, los relevamientos del campo de batalla sugieren que Rusia apenas ganó territorio e incluso podría haber perdido algo de terreno. El tamaño de Rusia, antes su gran ventaja, se convirtió en una carga: más logística que proteger, más blancos que defender, más territorio vulnerable a ataques.
Ucrania, mientras tanto, sustituyó la masa por velocidad, inteligencia e ingenio. Construyó una formidable industria de drones, en buena parte propia. Planea producir más de siete millones de drones este año. En comparación, Estados Unidos prevé fabricar unos 300.000 para fines de 2027. Ucrania usa ataques de alcance medio para perturbar la logística rusa y los puestos de mando detrás del frente. También utiliza drones y misiles de largo alcance para golpear refinerías, depósitos de petróleo, aeródromos, sitios de radar y fábricas militares dentro de la propia Rusia. El presidente ruso, Vladimir Putin, ya no puede mantener la guerra confinada de manera segura dentro de Ucrania. Incluso la celebración del Día de la Victoria en la Plaza Roja de Moscú el mes pasado fue reducida bajo la sombra de los drones ucranianos.
Nada de esto significa que Ucrania esté cerca de una victoria fácil. Rusia sigue castigando las ciudades ucranianas con sus propios misiles y drones. Kiev continúa escasa de interceptores Patriot. Todavía tiene problemas de personal y su política interna se vio tensionada por escándalos de corrupción y un reclutamiento duro.
Pero el impulso cambió. Una razón crucial de ese giro es Europa. Tal vez el éxito más subestimado de la guerra este año haya sido la capacidad europea de intervenir después de que Estados Unidos diera un paso atrás. La ayuda europea ya compensó en gran medida el desplome del respaldo norteamericano a Kiev. El paquete de préstamos de 90.000 millones de euros de la Unión Europea empieza a avanzar, liberado de la obstrucción de Viktor Orban tras su derrota en Hungría. Los europeos se hicieron cargo de esta guerra.
Aquí es donde entra Trump. Hasta ahora, su diplomacia hacia Ucrania fue un estudio de apalancamiento desperdiciado. Retó al presidente ucraniano Volodimir Zelensky, trató las concesiones ucranianas como el punto de partida de las negociaciones y le dio a Putin razones para creer que podía esperar a que Occidente se cansara.
Pero Trump aún cuenta con herramientas que ningún líder europeo posee. Podría amenazar con reanudar una ayuda militar norteamericana importante a Kiev, endurecer las sanciones contra el petróleo ruso y la flota fantasma, y acelerar la venta de armas estadounidenses a países de la OTAN para su transferencia a Ucrania. Luego podría ofrecerle a Putin una rampa de salida bajo la forma de un acuerdo de paz. Hay que recordar que Rusia perdió entre 350.000 y 500.000 soldados en una guerra que, según una nueva encuesta independiente, hoy es profundamente impopular en el país.
El sesgo prorruso de Trump, irónicamente, lo coloca en una buena posición para cerrar un acuerdo de ese tipo. Putin sabe que Trump lleva mucho tiempo siendo escéptico respecto de Kiev e indulgente con Moscú. Por supuesto, para que los ucranianos y los europeos acepten el acuerdo, este tendría que ser serio. Ucrania debería estar dispuesta a ceder territorio, pero sus nuevas fronteras deben ser defendibles. Necesita garantías de seguridad reales que anclen a Ucrania en Occidente. La guerra no se trata del Donbass. Se trata de si Ucrania seguirá siendo un país soberano, libre de elegir su futuro.
Las dos teorías de victoria de Putin eran que Ucrania era débil y que Occidente se cansaría. Ambas colapsaron. Esta es la oportunidad de Trump. Podría ayudar a poner fin a la peor guerra en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, asegurar el lugar de Ucrania en Occidente y disuadir a una gran potencia revanchista con un proyecto imperial de derrotar a Occidente. Sería un logro real, no un alto el fuego falso y armado para la foto, como los de Medio Oriente que Trump ha exhibido. Sería un acuerdo que realmente merecería ser llamado histórico.


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